I Johan busca respuestas

Johan Steven Martínez Tulcán toma ahora uno de los dos libros que quiere empezar a leer, lo muestra.

La portada es azul y el autor es un actor colombiano de televisión, Iván Gutiérrez Rodríguez. En letras blancas, grandes, se lee el título: ‘¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?’.

Johan está sentado en uno de los muebles rojos de la sala de su casa ubicada en Pasto, capital del departamento de Nariño. El nombre del barrio donde vive, por cierto, traduce uno de sus anhelos más profundos: Nueva Colombia.

En la sala de la casa, sobre una mesa, hay una foto suya con su hermana, Vanessa. En la pared del frente, pintada de naranja, se ven las fotos de su padre, “mi héroe”, el sargento del Ejército Libio José Martínez Estrada, secuestrado por la guerrilla de las Farc el 21 de diciembre de 1997, -cuando Johan apenas estaba en el vientre de su madre-, y asesinado por sus captores en las selvas del Caquetá el pasado 26 de noviembre, después de 13 años, 11 meses y 5 días de cautiverio. Padre e hijo jamás se pudieron ver, jamás se hablaron cara a cara. El héroe de Johan es el secuestrado que más tiempo ha permanecido en poder de sus verdugos en el mundo.

¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena? La pregunta sigue inquietando en la sala de la familia Martínez.

Es jueves 1 de diciembre de 2011. Hace apenas un día que Johan y sus familiares sepultaron a Libio José en Ospina, su tierra natal, un municipio ubicado a unas dos horas de Pasto.

Junto al muchacho, en la sala, está la sargento primero del Ejército Sandra Vargas. Es su psicóloga.

Desde que se conoció la noticia de la muerte de su padre, la sargento lo ha acompañado a donde ha ido, Bogotá, Pasto, Ospina, así ella esté en su periodo de vacaciones. Fue la sargento, además, la que le habló personalmente cuando se supo la suerte que había corrido Libio.

A Johan, en la mañana de ese sábado, le habían informado que su padre había sido liberado. Era un rumor entregado por un periodista a su madre. Prefirió no ilusionarse, incluso le dio rabia al pensar que cómo era posible que jugaran con sus sentimientos de esa manera, lanzando noticias sin confirmar. En la tarde vio ese mensaje de última hora por televisión, la noticia de la muerte de Libio, y entonces quedó destrozado.

Johan estaba en Santa Marta. Asistía a unas actividades programadas por el Ejército para las familias de los uniformados secuestrados.

Que haya estado Sandra a su lado para aconsejarlo ante tremenda noticia es un asunto que agradece Claudia Tulcán, su madre. La psicóloga, en parte, es el sostén del muchacho, uno de los motivos del por qué exhibe esa fortaleza inquebrantable, ese aplomo en el discurso, cuando habla por televisión.

Johan muestra entonces el primero de los dos libros que piensa leer y la psicóloga le recuerda un asunto: Más allá de preguntarse por qué todo ese sufrimiento, hay es que preguntarse para qué. Usted, le dice, está para algo muy grande. “Eso es lo que visualizamos”.

El muchacho, vestido de tenis, jean, chaqueta café, la escucha. Claudia, su madre, acerca enseguida el otro libro que quiere leer su hijo. Se llama ‘Historia básica de Colombia’, de Javier Ocampo López.

Johan, el niño que se convirtió en un símbolo nacional contra el secuestro, está buscando respuestas.

Trata de entender, por un lado, qué diablos le pasó a este país en su historia para que una guerra lleve más de seis décadas sin treguas, un conflicto estúpido en el que unos y otros se siguen matando sin saber realmente por qué.

Trata de entender, de otro lado, por qué justo él debió pagar con creces las consecuencias de esa guerra.
Otra vez: ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?

II Un adulto en miniatura

El profesor Segundo Gerardo Díaz, coordinador académico y de convivencia de la Escuela Normal Superior de Pasto, donde estudia Johan, repasa los boletines de calificaciones, busca sus notas. El niño es un estudiante promedio, dice con los ojos puestos en los papeles. No es que sea excelente en las materias, pero tampoco las pierde.

Encuentra el dato que buscaba: de los 32 alumnos de su curso, grado octavo, grupo 7, Johan ocupa el puesto 16. Este año no perdió ninguna materia y en convivencia sacó un cinco, la nota más alta. No es agresivo como quizá se podría pensar, no se aisla del mundo, jamás ha asumido el papel de víctima.

En el colegio Johan es de los alumnos más queridos, además. Sus compañeros, justamente, después de enterarse de lo sucedido con Libio, recorrieron los salones pidiendo una donación para comprarle un arreglo floral. Costó $90.000 y el dinero se reunió sin afugias. La mayoría de los integrantes de su curso lo fueron a acompañar al Batallón Boyacá de Pasto, lugar donde llegó el cuerpo de su padre proveniente de Bogotá.

El profesor Segundo explica ahora que Johan no sobresale académicamente debido a que debe ausentarse de clases con frecuencia: visitas al Presidente, marchas en protesta al secuestro, encuentros con ex cautivos. En todo caso, el muchacho está por encima de sus compañeros en términos de madurez. “Basta hablar con él. Es un niño adulto, un niño al que le ha tocado madurar biche, la vida lo maduró a golpes. Es un adulto en miniatura”, cuenta el profe Segundo, lentes, cabello canoso, traje de saco y corbata.

Eso de la madurez de adulto lo confirma Norberto Guerrero, director del curso de Johan. Agrega, además, que a veces, sólo a veces, en clase, se distrae, se queda pensando, como ido. Quizá sea por la situación de su padre, sospecha. La docente Cecilia Velasco, de castellano, le ha notado también algunos “brotes de tristeza”, pero son pasajeros, aclara.

Porque Johan, aquí en su salón, tiene fama de alegre, de bromista, de divertido. Lo dice Daniela Bazante, una de sus compañeras, lo repite Sara Lucía Muñoz. Mateo Gómez, su amigo desde tercero de primaria, cuenta además que siempre tuvo una cara feliz a pesar del secuestro de su padre. Ni Mateo, ni nadie del grupo, por cierto, le hablan de su papá. El tema en el salón, agrega el profesor Guerrero, se maneja con total prudencia.

Mateo comenta que a Johan le gusta el fútbol, que juega de defensa y es hincha del Deportivo Cali. En eso le llevó la contraria a su padre: Libio, en las cartas que le enviaba, le indicaba que debía ser delantero, el goleador del equipo.

Y en la cancha, a Johan no le gusta perder. En la cancha y en nada. Esa, dice Claudia, su madre, es herencia de Libio. También el hecho de que no se le puede llevar la contraria. Si es blanco, es blanco. Que a nadie se le ocurra decir verde.

En el pupitre de Johan hay una palabra escrita: Pato. La dice a cada rato, cuentan sus amigos. Con ella se refiere a alguien que lo haga reír, que sea chistoso, payaso. Pato…
El profesor de arte, Álvaro Ramírez, agrega otro dato de la vida del muchacho. Johan está enamorado.

Está pasando por esa etapa del primer amor, el primer beso. La novia tiene cara de muñeca, y es de ojos claros. Se llama Eliana. Ella cuenta que desde marzo pasado son novios, que la conquistó porque cada que la veía se le acercaba, le conversaba, le proponía planes para estar juntos. Este 8 de diciembre cumplirán 9 meses. Dicen que por ella es que Johan hasta cambió de peinado. Ahora usa gel y se para el cabello en la mitad de la cabeza.

El profesor Álvaro Ramírez explica entonces que a pesar de que maduró biche, que parece un adulto, que ha vivido las consecuencias de la guerra de un país, está logrando disfrutar su niñez.

III La historia del drama

Tenía quizá 4, 5 años. Johan entró a Preescolar. A los dos o tres días le hizo la pregunta fulminante a su madre: ¿por qué los otros niños vienen al colegio con su papá, y yo no? Pensaba que como a muchos, su papá lo había abandonado.

Claudia empezó a explicarle. Le contó que su padre era militar. Le contó también la historia de unos hombres malos, unos que se llamaban las Farc. Le reveló que ellos tenían a su papá secuestrado, pero que seguro pronto volvería a casa.

Johan, a esa edad, empezó a preguntar con insistencia qué era el secuestro, qué eran las Farc, por qué esos hombres malos se habían llevado a su papá. También veía las noticias, ¡a los 5 años! Quería entender. Como ahora.

A su lado siempre estuvo su abuelo paterno, don Gerardo, y doña Julia, su abuela materna. Johan les dice papás. Don Gerardo ocupó en su vida el papel de padre y lo respaldó en esa lucha que emprendió para que las Farc liberaran a Libio.

A los 7 años arrancó la historia que el país conoce. Después de estudiar, de jugar, Johan grababa mensajes en las emisoras para narrarle su vida a su padre. Le decía cómo le había ido en la semana, le contaba que tenía computador nuevo. De los últimos mensajes que envió le habló de Rex, su perro, que ya tiene 10 meses.

También lideró marchas por Nariño para exigir la liberación de papá. Y cada carta que recibía de él le alegraba infinitamente la vida. Esas cartas están plastificadas. “Son mis tesoros”, dice Johan, todavía en la sala de su casa.

No olvida, por ejemplo, cuando su padre le mandó un dibujo con un conejo futbolista, goleador. O la del osito que le pintó para su cumpleaños, el 24 de marzo. Por ahí tiene guardada también una chaqueta militar de Libio José.

El padre de Johan sigue presente en esta casa, sin duda. Libio, también, sigue vivo en el interior de su hijo. Cuando Johan habla de él lo hace en presente, no en pasado, por cierto.

IV Gestor de paz

El profesor Álvaro Ramírez camina hacia el salón donde dicta sus clases de arte. En el trayecto cuenta un asunto que ha pensado sobre Johan: será un gestor de paz para Colombia. Por todo lo que ha vivido, por ese liderazgo, por esa prudencia que se manifiesta al hablar, Johan, dice el profesor, será el actor principal en un eventual proceso de reconciliación en este país.

Tal vez es a lo que se refiere la psicóloga Sandra cuando le anuncia a Johan que tanto sufrimiento se debe a algo grande que está por venir. Quién sabe.

Johan por lo pronto no tiene ni idea si será gestor de paz o no. Pero sí anuncia que quiere ser abogado, experto en derechos humanos internacionales. Ah, y piloto, piloto de la Fuerza Aérea Colombiana. ¿Será acaso otra herencia del Sargento Libio? ¿Ese amor por lo militar? Ya lo dijo Pablo Emilio Moncayo, que estuvo secuestrado junto con Libio José: padre e hijo son idénticos.

FUENTE: DIARIO EL PAIS

Por: Santiago cruz, enviado especial de El País a Pasto. Domingo, Diciembre 4, 2011
 

Dentro de siete años, el hoy adolescente Johan Stiven Martínez tendrá la misma edad –21 años–, que tenía su padre, el sargento José Libio Martínez, cuando cayó en poder de las Farc en la base de Patascoy en 1997. El pelado, para esa fecha, no había nacido todavía, y llegó al mundo tres meses después de iniciarse el cautiverio de José Libio, quien desde la selva le propuso a su mujer el nombre con que quería que lo bautizaran.

Johan Stiven aprendió a hablar de corrido delante todos los colombianos, a sus cuatro o cinco años, pidiéndoles comedidamente, en unas ocasiones, a los captores que le devolvieran a su papá, y en otras, rogándoles, con una dignidad precoz, a dos gobiernos sucesivos –uno de los cuales duró ocho años–, que hicieran lo que les correspondía, salvo un rescate por la fuerza, para permitirle abrazarse hasta el cansancio con quien le dio la vida. Para que éste le ayudara en el comedor con las tareas y fuera con él al estadio a ver jugar al Pasto. Para que cada uno, como decía Cote Lamus, “pagara el ansia con que vivió cada momento”.

Pero nada: ni los primeros ni los segundos le concedieron ese privilegio que en cualquier otro país se le hubiera satisfecho como una simple rutina del instinto y la cultura, y sin que fuera necesaria la misericordia. La institucionalidad, por soberbia, y los irregulares, por lo mismo, provocaron que Johan Stiven, el pasado 27 de noviembre, pudiera al fin conocer, mirándolo de cerca y palpándolo, a quien hasta esa fecha había sido para él un ser intangible que durante sus catorce años se le aparecía y le hablaba de vez en cuando en videos fortuitos que probaban su sobrevivencia. Pero ese padre tan aplazado era ya un cadáver. Lo ejecutaron las Farc , junto a tres compañeros de infortunio, a causa de la proximidad del Ejército en el área donde se encontraban.

El hecho es que el hijo que recibió el cuerpo de José Libio, el sardino al que los nacionales de este país conocimos cuando gateaba apenas y que cada que lo veíamos por televisión estaba más crecido y le iba cambiando la voz, agregaba a su serenidad y óptima construcción de las frases, un peinado prudentemente punketo y un casi imperceptible bigote. “No esperaba que ustedes me lo mataran, que me lo mandaran en un cajón….(…)… A las Farc les digo que liberen a los demás secuestrados. No hagan que niños como yo suframos esta guerra (que me dejó) sin conocer a mi padre”, dijo entre otras plegarias.

Johan Stiven, por supuesto, se convirtió en el pupilo de quienes aspiramos a una solución negociada del conflicto armado. Es con creces uno de los personajes del 2011, y hubiera merecido serlo de cualquiera de los catorce años anteriores.

Fuente: EL ESPECTADOR

Por: Lisandro Duque Naranjo / Director de cine y columnista de El Espectador.